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Sábado 20 de septiembre de 2014
Etnofarmacia
01/10/2003
Medicina y etnobotánica aztecas

Dominada por unas leyes rígidas y cercenada por numerosos tabúes, la civilización de los aztecas o mexicas supo desarrollar, sin embargo, una medicina y una farmacopea eficaces basadas, en gran parte, en el conocimiento empírico. Pese a ello, y al igual que la de muchas culturas y civilizaciones antiguas, la práctica terapéutica azteca era una mezcla enmarañada de magia, de conocimientos contrastados por la experiencia y de religión.

El ambivalente dios azteca Xochipilli podía provocar y sanar enfermedades al mismo tiempo.

La magia, sobre todo, estaba muy presente en los métodos curativos de los médicos aztecas, porque la enfermedad solía atribuirse al hechizo de algún brujo inicuo y hacía falta, por tanto, una acción mágica para contrarrestarla. La religión también influía, porque los aztecas creían que algunas divinidades enviaban enfermedades y que otros dioses las curaban. Pero la terapéutica azteca también estaba basada en conocimientos empíricos como la importancia de la higiene, de los baños de vapor, de la desinfección y de las sangrías, y sobre las propiedades de los minerales y de las plantas, conocimientos que se adquirieron según un proceso no muy distinto del que hubiera empleado la ciencia actual.

El médico azteca, como bien explica Soustelle1, era, ante todo, un brujo bueno admitido y apreciado por la misma sociedad que reprobaba al hechicero experto en maldiciones, al mago negro2. Entre los maleficios que causaban enfermedades destacan especialmente los que consistían en la introducción mágica de un cuerpo extraño, lo que explica la existencia de curanderas con funciones tan extrañas como la de extraer piedras del cuerpo o gusanos de entre los dientes y de los ojos.

La creencia en la introducción mágica de cuerpos extraños también la profesan los nahua estudiados por Soustelle en la sierra de Orizaba y, como quiera que estos descendientes de los antiguos mexicas atribuyen a menudo las enfermedades a los sufrimientos infligidos por el hechicero al doble animal o «tótem viviente» del enfermo, es probable que sus predecesores también creyeran en estas malignas influencias y que sus curanderos hubieran tenido que hacerles frente.

Pero más a menudo que en la lucha contra estos encantamientos, la función mágica del médico se manifestaba, sobre todo, en el momento del diagnóstico. Para determinar el carácter de la dolencia y averiguar su causa, los médicos aztecas se basaban, no tanto en la observación de los síntomas como en la adivinación. Para ello utilizaban distintos procedimientos. Uno de los más sencillos consistía en echar granos de maíz sobre un trozo de tejido o en un recipiente lleno de agua para extraer conclusiones sobre cómo caían, flotaban, se agrupaban o dispersaban estas semillas. Otro procedimiento consistía en medir el brazo izquierdo del paciente con la mano izquierda untada de tabaco. Este diagnóstico lo efectuaban a menudo las mecatlapouhque, magas así llamadas --mecatl significa cuerda-- porque su especialidad principal era la adivinación con trocitos de cuerda que al ser arrojados al suelo, quedaban más o menos enmarañados según la gravedad que revestía la dolencia. Otra curiosa especialidad médica era la de las atlantchiqui, curanderas que miraban en un recipiente con agua el reflejo de un niño enfermo para averiguar si había perdido su tonalli3 o energía vital.

Plantas visionarias

En casos particularmente comprometidos o graves, no sólo el brujo o nahual-li sino también el médico o ticitl recurrían al ololiuhqui o semillas de la Virgen para tener visiones enteogénicas que les ayudaran a emitir su diagnóstico por adivinación. Las semillas ololiuhqui solían pertenecer a la «planta serpiente» o caoxihuitl, a la convolvulácea Rivea (Turbina) corymbosa, pero a veces pertenecían a la también convolvulácea denominada tlitliltzen (Ipomoea violácea). Al ser analizadas por el eminente químico suizo Albert Hoffmann, a petición de su amigo el etnomicólogo R. Gordon Wasson, las semillas de ambas especies resultaron contener grandes dosis de amida y de hidroxietilamida del ácido lisérgico. Estrechamente relacionados con la dietilamida de este mismo ácido, el LSD descubierto por Hoffmann, los principios activos del ololiuhqui eran, sin duda, unos enteógenos2 potentes capaces de dar no sólo visiones oraculares sino también de proporcionar grandes experiencias extáticas y largas excursiones psíquicas. No por casualidad, el sumo sacerdote de Tenochtitlán, la capital azteca, se embadurnaba con una pasta negra que, además de la ceniz VCKFIa obtenida al quemar animales venenosos, contenía semillas de la Virgen molturadas. Otras veces, el médico, el paciente o incluso una tercera persona, ingerían peyote, el pequeño cactus (Echinocactus (Lophophora) williamsii) que hoy apenas se encuentra en una pequeña localidad del desierto de San Luis de Potosí, pero que entonces era un componente fundamental, entre otras, de las farmacopeas chichimeca, tolteca y azteca. Las alucinaciones causadas por estas y otras plantas aportaban, según se creía, revelaciones sobre el hechizo que había causado la dolencia y sobre la identidad del pretendido brujo negro.

Las raíces de Tezonpahtli, Huitzquilith y Tecuammaitl eran aplicadas por los aztecas para curar la sarna.

La adivinación visionaria también se hacía a veces tras la ingestión de tabaco verde o piciete (Nicotiana rustica), cuyos efectos alucinógenos debían ser mucho más débiles, aunque también más llevaderos, que los que producía la mescalina contenida en el peyote. También debía hacerse, aunque no existe mucha documentación al respecto, con los hongos psilocibios que tanto utilizaban los aztecas en contextos ceremoniales o simplemente lúdicos. Estos hongos, que pertenecían probablemente a las especies psilocybe caerulescens, p. mexicana y quizás Panaeolus sphinctrinus (pero no el hoy bastante popular Psilocybe cubensis que no existía en el México precortesiano y que fue introducido en el país junto con el ganado castellano), eran denominados por los aztecas setas divinas (teonanacatl) y, como tales, se utilizaban en numerosos contextos religiosos y rituales. Ello no impedía, sin embargo, que al principio de los banquetes se sirviera este sicodélico manjar. El misionero franciscano Bernardino de Sahagún (1500-1590), en su monumental y admirable Historia general de las cosas de la Nueva España, cuenta los dispares efectos que provocaban esos hongos cargados de psilocibina y psilocina en los comensales de los banquetes aztecas. Una vez desaparecía la «ebriedad» causada por las setas y horas después de haber fumado la pipa de tabaco mezclado con liquidámbar y carbón que marcaba el final del banquete, los comensales comentaban las visiones beatíficas, divertidas, grotescas, terroríficas o simplemente desagradables que habían tenido.

Astrología

Además de la adivinación, para el médico-mago era importante saber si la enfermedad era fría o caliente, considerar el día del calendario azteca y saber en qué posición se encontraban los planetas y las estrellas en el momento en que emitía su diagnóstico. Una vez determinada la naturaleza y la causa de la enfermedad empezaba el tratamiento. Si la dolencia no había sido enviada por un dios --aspecto del que luego hablaremos--, los métodos terapéuticos combinaban, en proporciones variables, actuaciones mágicas tales como invocaciones o insuflaciones con las prácticas medicales fundadas en el conocimiento empírico. Entre estas últimas se incluían sangrías, vendajes, colocación de tablillas sobre piernas y brazos rotos, purgas, emplastos y la administración de extractos, pomadas o pociones vegetales.

Aromas e inciensos

Como en la gran mayoría de las culturas mesoamericanas prehispánicas o nativas actuales, el tabaco desempeñaba un papel fundamental en la medicina azteca. No sólo en el diagnóstico, como ya se ha mencionado, sino también durante el tratamiento, o porque potenciaba el efecto de otras plantas o por su valor mágico. El incienso americano o copal también cumplía una función esencial por su capacidad de purificar los aires habitados por el mal, ya fuera porque éstos eran vectores de hechizos o porque eran nefastos en esencia: aires malos enviados por las divinidades de las montañas, por las mujeres muertas en combate y convertidas en diosas del crepúsculo --las temibles ciuateteteo-- o por Tlaloc, el dios de la lluvia.

La importancia de los aromas como purificadores rituales del aire se recoge en numerosos documentos, entre ellos el Códice Badiano, escrito apenas 30 años después de la conquista por dos alumnos indígenas del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco en la ciudad de México: el médico Martín de la Cruz y el traductor Juan Badiano, oriundo de Xochimilco, el único lugar donde pueden verse aún las antiguas chinampas o jardines lacustres similares a los que cultivaban los aztecas. Entre las fórmulas y los elementos terapéuticos citados en este bello documento figuran, con frecuencia, hojas y flores aromáticas y los perfumes que desprendían. Entre las hojas aromáticas más apreciadas figuran las de varias especies de alisos (Alnus sp.), las del oyamel (Abies religiosa) y las del árbol de la niebla (Pinus ayacahuite). Algunas de las flores escogidas por su perfume son la eloxochitl o «flor de maíz» (Magnolia dealbata), la flor de huacales (Philodendron pseudiratum), la flor de cuervo (Plumeria acutifolia) y la flor negra (Vanilla planifolia), una especie aromática de vainilla que también se apreciaba por su buen sabor.

Sin embargo, la planta aromática por excelencia es, sin duda alguna, el copal, un término genérico en lengua nahuatl --el idioma de los aztecas, entre otras etnias-- que designa una serie de árboles y arbustos, la mayoría de ellos de la familia burseráceas, cuya resina se utilizaba y se utiliza todavía como incienso. La importancia del copal para los aztecas queda bien reflejada en estas palabras del cronista Francisco López de Gómara (1511-1566): «Perfumaban los ídolos con hierbas, flores, polvos y resinas; pero el mejor humo y el más común es el que llaman copalli, que se parece al incienso». López de Gómara también dijo del copal que era el perfume ideal para los sacrificios y una ofrenda muy apreciada por los dioses y Sahún, por su parte, describió con estas frases los ritos que conllevaban su utilización: «tanto de noche como de día, los sátrapas ofrecían incienso en los templos con incensarios de tierra cocida (...) con un mango hueco de un codo que contenía y hacía de cascabel. Todos los habitantes del pueblo, cada mañana y cada tarde, incensaban las estatuas que tenían en sus oratorios o en los umbrales de sus casas; los padres y las madres obligaban a sus hijos a hacer lo mismo».

Los aztecas aplicaban la hierba Huacalxochitl para las amígdalas inflamadas.

Diosa azteca Tlazolteotl durante el parto.

Cinco siglos después del derrumbe de las civilizaciones azteca y maya, el copal continúa siendo utilizado por numerosas etnias mexicanas. Por ejemplo, por los actuales mixtecas de Guerrero, cuando sacrifican animales durante sus espectaculares ritos de la lluvia. O también por las comunidades mayas del sur de México, cuyos copaleros extraen el copal blanco y el negro --la diferencia de color se debe a modos de preparación distintos-- de varias especies de burseráceas, entre ellas Bursera excelsa y B. jorulensis. Al igual que los antiguos mayas y atztecas, los actuales indígenas del estado de Chiapas utilizan el copal con fines medicinales contra las diarreas, las lombrices intestinales y los dolores de cabeza, para remediar los daños musculares y para despejar la nariz de mucosidades y facilitar la respiración. En otras regiones de México, como por ejemplo Oaxaca, se continúa usando el copal de Protium copal, una burserácea que crece en las selvas altas perennifolias de altitud media y que en épocas del imperio azteca se cultivaba en pequeños bosques, en la península de Yucatán.

El abundante uso del copal que hacían los mexicas para adorar y aplacar a sus dioses nos recuerda la importancia que para ellos revestía la religión en todos los aspectos de la vida, incluido el de la salud y de la enfermedad. Varios dioses aztecas tenían, según se creía, el poder de provocar enfermedades. Tlaloc, por ejemplo, podía producir, cuando enviaba sus malos aires, dolencias tan diversas como hinchazones, parálisis parciales o totales, úlceras, lepra, hidropesía y enfermedades de la piel. Tlazolteol y sus compañeras, las diosas del amor y del deseo, castigaban con la melancolía y la consunción a los amantes adúlteros e incluso a sus respectivos hijos. Y Xochipilli, el dios de las flores, de la música, de la danza y de la juventud, castigaba a las personas que no respetaban los tabúes, por ejemplo, a los que no guardaban abstinencia sexual durante las épocas de ayuno, causándoles hemorroides, llagas purulentas y enfermedades venéreas.

Sin embargo, algunos de estos dioses podían sanar las enfermedades que ellos mismos habían provocado si atendían a las preces y a los sacrificios que les hacían los pacientes y sus allegados. Xochipilli, las divinidades de la montaña y Tlaloc eran los ejemplos más conocidos de estos dioses ambivalentes. Xochipilli era además el patrón divino del «sueño florido», nombre con el que los mexicas designaban el trance visionario ritual y, como tal, reinaba sobre el ololiuhqui, los hongos psilocibios, el peyote, el tlapatl o toloache (Datura sp.), la salvia de los adivinos o hierba de la María Pastora (Salvia divinorum), el sinicuichi (Heimia salicifolia), el grano mixitl y otros entéogenos.

Otros dioses del panteón azteca que tenían poderes de curación o favorecían la salud eran el dios del viento y la diosa de la lluvia que curaban la gota y la parálisis; el dios del fuego que ayudaba en los partos; la diosa Tzapotlatenan que curaba las úlceras del cuero cabelludo, la afonía y las grietas cutáneas; la diosa Ciuacoatl que protegía a los que tomaban baños de vapor, e Ixtlilton, el pequeño dios con la cara negra que curaba las enfermedades infantiles.

El incienso americano o copal cumplía un función esencial por su capacidad de purificar los aires «habitados por el mal».

Farmacopea azteca

Además de las invocaciones, los gestos y las fórmulas mágicas, los médicos aztecas utilizaban numerosas prácticas terapéuticas basadas en un conocimiento, muy avanzado para la época, de la anatomía y el funcionamiento del cuerpo humano y de las propiedades de las plantas y los minerales. Su farmacopea comprendía algunos minerales, la carne de algunos animales y un asombroso número de plantas. Entre los remedios minerales figura la obsidiana, que finamente molida servía de emplasto para cicatrizar las heridas con rapidez, y también unas misteriosas «piedras de sangre» cuyas virtudes fueron exaltadas por Sahagún y que, según él, permitían curar las graves hemorragias nasales que asolaban Nueva España. Otro misterioso remedio mineral citado por Sahagún era la piedra de lluvia «que caía de las nubes, penetraba dentro de la tierra y engordaba de año en año» y que, según el misionero cronista, servía para curar la fiebre y el espanto causado por el trueno.

Igualmente fantásticos, los efectos de muchos remedios animales variaban desde la estimulación excesiva de los deseos sexuales masculinos, seguida eventualmente por la muerte, producida, según se creía, por las serpientes de distintas especies designadas con el término genérico mazacoatl, hasta la capacidad de impedir por completo la erección que se atribuía a la excrecencia carnosa del pico del ave huexololl. Más eficaz debía ser, en cambio, la administración del axin, una pasta amarilla y cerosa que se obtenía haciendo hervir y aplastando unos insectos homópteros (Coccus axin) cosechados en árboles de los géneros Jatropha y Spondias, entre otros.

El axin, cuya eficacia fue corroborada por Sahagún y por otros cronistas de Nueva España, servía para curar las quemaduras y las enfermedades de la piel. Las mujeres también lo utilizaban para untar sus mejillas y conseguir así la tez amarilla que exigían los cánones de belleza de la época y lo empleaban, asimismo, los viajeros para prevenir los labios partidos y para proteger la piel de los efectos del frío.

De la atribución de propiedades fantásticas tampoco se libraron algunas plantas, no sólo las que provocaban efectos enteógenos. Pese a ello, no puede negarse que los aztecas consiguieron adquirir, durante el tiempo y guiándose por la experiencia, una suma ingente de conocimientos sobre las especies vegetales de su país. La riqueza en plantas medicinales y la larga tradición en su uso quedan de manifiesto en la obra de Sahagún, en el códice Badiano y en la existencia de los jardines botánicos, muy bien surtidos en especies terapéuticas, que el señor de Texcoco y el emperador Moctezuma mantenían, respectivamente, en Tezcotzingo y en los alrededores de Tenochtitlán.

Los conquistadores admiraron estos jardines botánicos y, al igual que los cronistas de Indias, quedaron impresionados por la eficacia de algunos medicamentos indígenas. Su testimonio y las obras de los cronistas influyeron, sin duda, en la decisión adoptada por Felipe II de financiar la expedición de Francisco Hernández, protomédico general de las Indias, Islas, Tierra Firme y Océano. La expedición se inició en 1571. Su principal objetivo fue escribir una historia natural de la Nueva España y estudiar la medicina indígena en todos sus aspectos. Hernández viajó por muchas zonas de México y recogió mucha información etnobotánica, además de recopilar muchos datos sobre la cultura prehispánica, la historia y las condiciones políticas de los nuevos territorios. El producto final de sus 8 años de encarnizado trabajo consistió en 22 cuerpos de libros bellamente empastados --que se sumaban a los 16 que había enviado previamente al emperador en 1576--, 68 talegas de semillas para sembrar, ocho barriles y cuatro cubetas con árboles para trasplantar, además de otros materiales y documentos. Por desgracia, Hernández murió antes de publicar su obra y una parte importante de sus manuscritos fue destruida en 1671 durante el incendio del monasterio de El Escorial. Una serie de acontecimientos más o menos afortunados permitieron, sin embargo, recuperar importantes fragmentos de sus manuscritos y estos trabajos publicados en Italia, México y España muestran la extraordinaria riqueza de la farmacopea mexicana en el siglo xvi.

Hernández mencionó, en efecto, cerca de 4.000 plantas medicinales y describió unas 1.200 de las que dio el nombre local y su sinonimia, sus cualidades terapéuticas y los lugares donde crecían. Sahagún, por su parte, dedicó gran parte de su undécimo libro a las plantas medicinales, en tanto que los investigadores modernos han demostrado que, en muchos casos, los médicos aztecas definieron con gran exactitud las propiedades de las plantas que hacían servir como antisépticos, febrífugos, diuréticos, laxantes, eméticos u otros usos terapéuticos.

En la tabla 1 se relacionan algunas de las principales plantas que utilizaban los aztecas por sus virtudes terapéuticas.

El jugo del cactus Tlatocnochtli se utilizaba en el México precolombino para las quemaduras.

Plantas de uso actual

Aunque hace falta realizar todavía mucho trabajo de investigación para verificar, o incluso volver a encontrar, las virtudes terapéuticas de numerosas especies mencionadas en las obras de los cronistas, otras plantas medicinales son bien conocidas y los efectos terapéuticos de sus principios activos coinciden de un modo sorprendente con los que se mencionaban en las antiguas farmacopeas. Ejemplos de ello son el cacao, cuyo principal componente, la teobromina, es un reconocido analgésico; el capulín o tlalcapulin (Rhamnus serrata), cuya rhamnetina es un reconocido antidisentérico; el cempasúchil (Tagetes erecta) que contiene patuletina, de acción febrífuga; el epazote (Teloxys ambrosoides), cuyo contenido en ascaridol denota sus propiedades antihelmínticas; el estafiate o itztauhyatl (Artemisia mexicana), rico en santonina también antihelmíntica; la guayaba (Psidium guajava), fruto que, además de muy sabroso, es eficaz en el control del colesterol y tiene propiedades antidiarreicas gracias a su contenido en guijaverina; el liquidámbar o xochiocotzotl (Liquidambar styraciflua), que se utilizaba para curar la sarna y cuyo principio activo, la estorenina, es efectivamente útil para eliminar los parásitos de la piel; la papaya (Carica papaya), cuyo componente principal, la papaína, es un eficaz antiinflamatorio; el zapote blanco o cochiztzapotl (Casimiroa edulis), otro sabroso fruto cuyo contenido en N-benzoiltiramina lo convierte en un eficaz antihipertensivo.

El tesmacal azteca, o baño de vapor, se utilizaba para el tratamiento del reumatismo, la parálisis y las neuralgias.

Otras plantas que hoy se emplean de un modo intensivo en México y podrían haber formado parte de la farmacopea azteca se recogen en la tabla 2, extraída de un artículo del autor mexicano Carlos Huerta sobre la «herbolaria» o fitoterapia mexicana.

A diferencia de otras especies mencionadas por Huerta y que fueron introducidas en México desde Europa u otros continentes, las que recoge esta tabla son todas ellas nativas y, dado que el imperio azteca explotaba la gran mayoría de los recursos naturales de México y otras zonas de Mesoamérica, es muy probable que la mayoría de ellas formaran parte de su farmacopea.

Tlaloc, dios azteca de la lluvia, era el generador de algunos malos aires que provocaban enfermedades.

La hierba de Azcapan ixhua era ingerida por los aztecas para obtener el sueño.

Las raíces de Tlahuehetl, Tlayapaloni y Chipahuac xihuitl eran utilizadas por los mexicas para la curación de los furúnculos.  

Notas

1. Soustelle J. La vie quotidenne des Aztèques à la veille de la conquête espagnole. París: Librairie Hachette, 1955.

2. Varios autores actuales, entre ellos Elferink, Flores y Kaplan, del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, creen que la distinción entre magia blanca y negra fue introducida por los conquistadores españoles. Del mismo modo que existía una fina gradación entre el uso de ritos mágicos, rezos y hechizos por un lado y de la prescripción de preparaciones farmacéuticas por el otro (lo que significa que el médico o ticitl solía ser, al mismo tiempo, brujo o nahual-li), también es probable que incluso alguno de los médicos reconocidos como tales usara, en ocasiones, sus técnicas no ya para curar enfermos, sino para vengar afrentas y provocar enfermedades u otros daños, pese a que se jugaba la vida si le descubrían.

3. En realidad, tonalli es un término complejo que engloba a la vez el «genio» particular de cada uno, su signo astrológico o destino predestinado y su energía vital.

4. Entéogeno es un neologismo acuñado en 1979 en un artículo del Journal of Psychedelic Drugs, cuyos autores proponían como alternativa al inadecuado término de alucinógeno. Proviene del griego entheos (literalmente Dios dentro de mí) y, como bien explica J.M. Fericgla, significa el estado en el que se encuentra uno cuando es inspirado y poseído por el dios que ha entrado en su cuerpo.

5. El zapote blanco no debe confundirse con el chicozapote o xicozapotl (Achras zapota), árbol del que se obtiene el txictli o chicle, gomorresina que mascaban las prostitutas asociadas a los jóvenes guerreros aztecas. Además de este chicle, que hoy se masca en todos los países del mundo, no sólo las cortesanas sino todas las mujeres mexicas (y también los varones, si bien en secreto a menos que fueran homosexuales) mascaban, tras mezclarlo con axin, para darle adherencia, el «betún que sale de la mar» y que, por recibir el mismo nombre de xicozapotl, fue designado por Sahagún con el término chapopotli. De esta última palabra procede, como es fácil deducir, el término hoy por desgracia bien conocido de chapapote.

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